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viernes, 20 de mayo de 2016

When I get older... ¡ya son 64!


Fue en 1967 que apareció el álbum Sgt. Pepper's de Los Beatles, un disco fundamental en la historia de la música. Hay un antes y un después de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band.


Ese disco incluía una canción maravillosa, exquisita, bonita, diferente a la mayoría de las canciones de Los Beatles: "When I'm Sixty-four" (Cuando tenga 64 años). No es la mejor canción de ellos, ni cerca está de eso, pero tiene un "algo especial", entre otras cosas su tono de los años 40 y su letra: When I get older, losing my head, many years from now...


Desde el primer momento me gustó. Esa cosa de decirle a su mujer de toda la vida que iban a envejecer juntos, preguntando 'aún me necesitarás cuando tenga 64 años?' me parecía lindísima. Así, con el paso de los años me fui dando cuenta que poco a poco se iban acercando los 64 y me propuse hacer de eso algo especial.

Por eso, ahora que llegó el día de cumplir sesenta y cuatro años me hubiera gustado celebrarlo con ellos, con Los Beatles, en sentido figurado obviamente. Me hubiera gustado hacer una "fiesta beatle", con muchos amigos y amigas. Escuchar Something, Love me do, A day in the life, Penny Lane, Eleanor Rigby, For you blue, You've got to hide your love away, Paperback writer, Here, there and everywhere, Hey Jude, Here comes the sun, She loves you, All you need is love, Nowhere man, The long and winding road, Honey pie, Let it be, Cry baby cry, While my guitar gently weeps, It's only love, Ticket to ride, Because, Norwegian wood, I need you, We can work it out y tantos tantos otros.

Y escuchar esos grandes covers, sólo los mejores, como la versión de Joe Cocker de With a little help for my friends., la de Something de Shirley Bassey, la de Elton John de Lucy in the Sky with Diamonds o la de Sergio Mendes de A fool on the hill.


Según se cuenta, Paul McCartney escribió el primer borrador de When I'm 64 cuando tenía unos 15 años. Y ahí quedó, en algún rincón medio olvidada. Pero en 1966, cuando su padre cumplió 64 años, la retomó, imaginando lo que le gustaría cuando él tuviera 64, la terminó y se la llevó de regalo. Antes de grabarla, John, George y Ringo le hicieron sus aportes, como por ejemplo los nombres de los nietos que tendrá en su regazo: Vera, Chuck and Dave.



Will you still need me, will you still feed me, when I'm sixty-four? (¿Me seguirás necesitando, me seguirás alimentando aún, cuando tenga sesenta y cuatro años?) 

Las imágenes son los diseños que hice con el deseo de haberme hecho unas camisetas recordatorias, pero bueno, ahí quedaron las ideas. 

jueves, 16 de diciembre de 2010

La nostalgia, John y Los Beatles, por Gabo

Hace ocho días se cumplieron treinta años de la muerte de John Lennon, ¡¡30 años ya!! Por eso he buscado el artículo que escribió en esos días Gabriel García Márquez, en uno de sus relatos inigualables, que como todo lo que uno tiene bien guardado no pude encontrar hasta hoy, en que la nostalgia me ha tenido todo el día pensando en Los Beatles, porque un día como hoy un beatle, Paul, cantó en el Estadio Nacional. Pero bueno, el artículo de Gabo dice así:

SI, LA NOSTALGIA SIGUE SIENDO IGUAL QUE ANTES (*)

"Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones: la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores, teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común y por las mismas razones. Los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de 80 años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más y ella le contestó como si tuviera quince: La felicidad es una pistola caliente. Un chico que estaba viendo el programa dijo: "A mí me gustan todas". Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon y ella le contestó como si tuviera ochenta años: "porque el mundo se está acabando".

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de Los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de Los Beatles. A partir de entonces descubrí que el mundo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había solo dos discos: una selección de preludiso de Debussy y el primer disco de Los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: Help, I need somebody. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart.

(...) En cambio, me empeñé desde entonces en incluir a Los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo, y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: "Oigo a Los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida". Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de Los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde solo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no solo los que estábamos allí , sino también la casa y los árboles del fondo y hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero solo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero solo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

En esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que Los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto -al frente de Los Beatles- era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto, poblado de imágenes hermosas. En Lucy in the sky, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleonor Rigby -con un bajo obstinado de chelos barrocos- queda una muchacha desolada que recoge el arroz en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. ¿De dónde vienen los solitarios? se pregunta sin respuesta. Queda también el padre Mac Kensey escribiendo un sermón que nadie ha de oir, lavándose las manos sobre las tumbas, y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, que es algo que se dice con demasiada facilidad de todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos."
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(*) Publicado en El Comercio de Quito el 13 de diciembre de 1980.